Escritor francés, autor de la obra en 16 volúmenes En busca del tiempo perdido (1913-1927), considerada como una de las cumbres de la literatura universal. Proust nació en París, el 10 de julio de 1871, en el seno de una familia adinerada. estudió en el Liceo de Condorcet. Comenzó la carrera de derecho, pero pronto abandonó sus estudios para relacionarse con la sociedad elegante de París y dedicarse a escribir. Su primera obra, una colección de relatos titulados Los placeres y los días (1896), es sólo discreta, pero muestra sus dotes de observador para reproducir las impresiones recogidas en los salones de la ciudad. Este material lo emplearía con más eficacia en obras posteriores. Aquejado de asma desde su infancia, a los 35 años se convirtió en un enfermo crónico. Pasó el resto de su vida recluído, sin abandonar prácticamente nunca la habitación revestida de corcho donde escribió su obra maestra En busca del tiempo perdido. Esta obra de Proust describe con minuciosidad la vida física y sobre todo, la vida mental de un hombre ocioso que se mueve entre la alta sociedad. Toda la obra es un largo monólogo interior en primera persona, y en muchos aspectos es autobiográfica. La importancia de las novelas de Proust reside no tanto en sus descripciones de la cambiante sociedad francesa como en el desarrollo psicológico de los personajes y en su preocupación filosófica por el tiempo. Cuando Proust trazó la trayectoria de su héroe desde la feliz infancia hasta el compromiso romántico de su propia conciencia como escritor, buscaba además verdades eternas, capaces de revelar la relación de los sentidos y la experiencia, la memoria enterrada que de pronto se libera ante un acontecimiento coditiano, y la belleza de la vida, oscurecida por el hábito y la rutina, pero accesible a través del arte. Trató al tiempo como un elemento al mismo tiempo destructor y positivo, sólo aprehendible gracias a la memoria intuitiva. Proust percibe la secuencia temporal a la luz de las teorías de su admirado filósofo francés Henri Bergson; es decir, el tiempo como un fluir constante en el que los momentos del pasado y el presente poeen una realidad igual. Exploró con valentía los abismos de la psique humana, las motivaciones inconscientes y la conducta irracional, sobre todo en relación con el amor. esta obra traducida a numerosos idiomas, hizo famoso a su autor en el mundo entero, y su método de escritur, basado en un minucioso análisis del carácter de sus personajes, tuvo una importante repercusión en toda la literatura del siglo XX. Otra novela, descubierta y publicada tras su muerte, aunque escrita en (1895 y 1899), es decir, anterior a "En busca del tiempor perdido", es "Jean Santeuil (3 volúmenes, 1952).
Todo resultaría muy sencillo si pudiésemos definir sin problematizarnos; que está primero el individuo o la sociedad. Todos aceptamos como algo indiscutible que estos dos términos estén separados, que cada uno sea autónomo y posea una realidad propia. Esto significa que podemos conocer uno sin conocer el otro, como si se tratasen de dos mundos extraños entre sí. La fuerza de esta visión, dice Moscovici, resulta incontestable, al igual que la división que mantiene: el individuo reducido a su organismo y la sociedad petrificada en sus instituciones y aparatos. O mejor aún: por una parte el uno, lo único, por la otra lo múltiple o lo colectivo. Y esta visión tiene un efecto al que nos hemos acostumbrado desde hace largo tiempo: el tratado de partición que concede al individuo a la psicología y la sociedad a la economía o a la sociología. Este resultado se expresa a menudo de una forma más concreta: el psicoanálisis se ocupa del individuo y el marxismo de la sociedad. Semejante convención clarifica las ideas y contribuye de manera eficaz a la coexistencia pacífica entre las diversas ciencias y entre las diversas teorías. Esta partición corresponde a la realidad en los casos extremos. Pero resulta banal reconocer que el individuo sólo existe dentro de una red social y que toda sociedad se compone de una multitud de individuos diversos, al igual que el más mínimo pedazo de materia está compuesto por una multitud de átomos. Es posible observar que en cada individuo habita una sociedad: la de sus personajes imaginarios o reales, de los héroes que admira, de los amigos y enemigos, de los hermanos y padres con quienes nutre un diálogo interior permanente. Y con los cuales incluso llega a sostener relaciones sin saberlo. Así pues, cuando se dice; existe el individuo y existe la sociedad, dejamos a un lado la experiencia compartida por casi todo el mundo. Se dirá con justicia, dice Moscovici, que esto no es demasiado grave. Todo análisis y toda explicación exigen una abstracción. Abstracciones como las que hacemos constantemente en economía al hablar del mercado separado del poder, o en psicología al describir el pensamiento separado de las emociones. Sí no cabe la menor duda. Pero dicha partición tiene un sentido. Oculta una realidad primera, la invariante de existencia cuyos rastros encontramos en todas partes. Es decir, la oposición entre individuo y sociedad, la feroz batalla que libran desde tiempos inmemoriables lo personal y lo colectivo. Este conflicto no excluye, evidentemente, las armonías momentáneas ni las pacificaciones duraderas. Si la psicología Social tiene una razón de ser en tanto ciencia y un leitmotiv que le sea propio, es ahí donde lo encontramos. Toda ciencia mayor intenta responder, a través de investigaciones efectuadas en campos concretos, a alguna de las lancinantes preguntas que se plantean los hombres. La Física, a la pregunta: ¿ Qué es la materia o el movimiento?. La Biología; a la pregunta: ¿Qué es la herencia? o bien ¿Por qué existe la vida? La Cosmología, a la pregunta ¿Cuál es el origen del Universo? De manera similar, la Psicología Social, se ha ocupado y sigue haciéndolo de un solo y único problema: ¿Por qué se produce el conflicto entre individuo y sociedad?. Ninguna otra ciencia aborda este problema de forma tan directa, ninguna, dice Moscovici, siente una atracción tan profunda por este conflicto. Y aquellas ciencias que lo hacen se aproximan a la psicología Social, como sucedió con el psicoanálisis al interesarse éste por los fenómenos de masa. También en el caso de la historia cuando estudia los fenómenos de la mentalidad. Y la recíproca también es cierta. Siempre que la psicología social olvida este problema para estudiar en paralelo y con independencia uno de otro, ya sea lo social o lo individual.
Le Bon; nació el 7 de mayo de 1841 en Nogent-Le-Rotrou. Francia. Fallece 13 de diciembre de 1931 en Marnes-La-Coquette. Francia. Fue médico, etnólogo, psicólogo, se interesó por lo que denominó "el alma de las masas", fruto de los cambios que se estaban produciendo a nivel psicosocial con la revolución industrial y cultural y los fenómenos asociados a esos acontecimientos como la urbanización, colonización, etc. Autor de numerosos trabajos en los cuales se expusieron teorías sobre los rasgos nacionales, la superioridad racial, el comportamiento y la psicología de las masas. Su trabajo sobre las masas cobra importancia en la primera mitad del sigloXX cuando fue usado por investigadores de comunicación masivos para describir reacciones de grupos subordinados a los medios. Concibe la "masa psicológica" como una muchedumbre organizada con una "unidad mental". Postula un alma colectiva que les hace pensar, sentir y obrar de modo diferente a como pensaría, sentiría u obraría cada individuo por separado. Considera al grupo/masa inferior intelectualmente, conducido por la emoción y las urgencias del instinto. Sus principales características son: la desindividuación, el contagio y la sugestión.
Reuniendo, relacionando y elaborando algunos datos producidos hasta ahora en estas observaciones, se ensaya una definición de discurso:
1) Discurso es la actividad, la práctica social efectuada entre interlocutores, la cual consiste en discurrir y manifestar lo discurrido, en determinada situación, con alguna finalidad, por medio de una organización del lenguaje, en determinada forma y con particular competencia, en un proceso (diacrónico) de significación verbal y paraverbal, portador de sentido (proceso semiótico). Discurso I.
2) En segundo plano, discurso es el producto verbal y paraverbal de esa práctica de hablar (lo hablado, lo dicho, lo manifestado, lo expuesto y lo implicito, y el modo y características de ese manifestado). Discurso II.
La apelación al primitivo-discurrir- de donde se origina el derivado discurso procura establecer el significado sobre la base del conocimiento empírico- la práctica de discurrir- en una definición de tipo operacional, genética y, en cierta medida, ostensiva.
Para conocer el significado de discurso, apelo a la práctica concreta de discurrir, y al conocimiento que de ella deriva; sé qué es discurrir sólo porque discurro, de la misma manera que sé lo que es pensar sólo porque pienso. Esa definición que, en síntesis, considera el discurso como la acción y efecto de discurrir, incorpora en el concepto un componente semántico insito en el verbo: el hecho de ir de un lado a otro en una búsqueda. En el caso del discurso comunicacional, esa búsqueda puede estar orientada por un propósito definido, o quedar librada a resultados aleatorios. Este segundo modo es el propio del concepto de discurso y su manifestación relevante es el ensayo literario-filosófico, libremente creativo (Chesterton, Montalvo). Aquí se aparta esa modalidad y se refiere al discurso como proceso orientado por una intencionalidad (motivación y finalidad), y por una función conducente.
Discurso no es un término unívoco. Por consiguiente es necesario acotar aquí el significado con que se utiliza. Usaré como objeto de observación el hecho que se produce a medida que genera y se exponen reflexiones. La observación de este objeto será la base de producción de datos en el desarrollo del estudio que el autor se propone realizar. Reconoce en esta exposición escrita-que podría realizarse también oralmente- una actividad de lenguaje que llama actividad de hablar.
y dice: "En el momento en que empiezo a hablar con ustedes--no a ustedes- inicio una actividad, una práctica que por producirse entre yo- hablante- y ustedes- lectores u oyentes- se produce una práctica social". Esta práctica consiste en la emisión y recepción de enunciados constituidos de lenguaje. Es una emisión sintagmáticamente ordenada de signos lingüísticos mediante los cuales voy pensando y manifestando pensamientos producidos por mi meditación, reflexión y juicio, acerca de un asunto que procuro examinar o estudiar con ustedes, con alguna finalidad que se irá descubriendo o estableciendo a medida que el proceso de producción de enunciados- enunciación- avance y se complete alrededor del núcleo temático congregante y generador de mi práctica de hablar, hasta completar provisionalmente la manifestación del pensamiento. En otras palabras: en el momento en que empiezo a hablar, en el desarrollo de mi hablar y hasta el cierre del mismo, procuro establecer una comunicación. Esta es la primera función y al mismo tiempo la función universal de la actividad de hablar.
Producción y producto. El hecho señalado consiste en un discurrir, y en una manifestación del discurrir, sustentados con el lenguaje. Y ese hecho es lo que aquí se denomina discurso.
La práctica de hablar se inició en un momento y punto del continuo reflexivo determinados- con precedentes y preparación o sin ellos-, y se desarrolló como un proceso- discurrir y manifestación- orientado por una meta, que es el tema y mi propuesta acerca del mismo.
El propósito de comunicación y la práctica social que le corresponde - el hablar, la acción y la actividad de hablar- se concretan apelando al material del lenguaje, que está constituído por la lengua, como sistema social compartido- sistema de signos y sus reglas de funcionamiento- y por la competencia lingüística de ambos interlocutores- consistente en la posesión del sistema (sociolecto)- y en la respectiva capacidad de uso para la codificación y decodificación, común entre las diferencias de los correspondientes idiolectos.
De modo que el discurso producido por el locutor no es exclusivamente obra suya: mientras yo hablo, ustedes van discurriendo y reproduciendo la manifestación, con una práctica activa y crítica que a entendiendo, comprendiendo y evaluando mis reflexiones, es decir, va activando el significado y el sentido de mi hablar. Según esto, la actividad del receptor no se limita a "tomar nota" de lo que oye: al mismo tiempo considera, elabora, pondera lo que se le dice- y lo que no se le dice-. Por su práctica, el emisor sabe eso y, correspondientemente, su discurso lo tiene en cuenta y se anticipa para instruir la actividad del receptor.
Por esa actividad del oyente, del receptor y sólo en ella, la actividad de hablar (emisor) se consuma como discurso.
Todo desentimiento parcial, toda distracción deteriora y hasta anula la integridad del discurso y la eficacia de la comunicación. Este discurso se está produciendo en un estudio acerca de estrategias del discurso, tratando de definir el objeto de estudio, que es el tema ahora, entre ustedes y yo aquí, es decir, en determinadas circusntancias, no lingüísticas, entre interlocutores en los cuales se suponen ciertas condiciones y competencias- como la posesión de conceptos, conocimientos, términos e intereses donde mi discurrir- nuestro discurrir- se justifica.
Mi discurrir, mi actividad productora de discurso está sometida o por lo menos condicionada por mi conciencia de que ustedes me escuchan críticamente, desde su propia competencia.
Se está produciendo advertida, además, la posibilidad de que ocurran desentendimientos y distracciones. Y se está produciendo y armando de modo que me sirva para insertar o ilustrar aspectos y conceptos que tengo en mente y en plan; para utilizar este discurso en otros futuros con los que éste se integrará, hasta constituir entre todos el discurso del estudio, al que van a llegar--y ya han llegado- discursos ajenos varios, que iré utilizando en el desarrollo de mis reflexiones y en mi exposición. La actividad discursiva no se limita al plano de los enunciados lingüísticos: se acompaña- en su versión oral- deliberadamente o no, de entonaciones, gestos, silencios, modulaciones, expresiones de la cara, que aportan algún coeficiente de significación.
Se revelan asi distintos aspectos de un discurso: a) Alguien habla con el propósito de hacerse entender. b) Quien habla; modula entonaciones y gestos al expresarse verbalmente. c) Que mientras se habla se van previendo derivaciones y recursos. ch) El emisor procura hacerles conocer a los receptores su pensamiento- o conocimiento- de lo que entiende por discurso; es decir, producir un conocimiento. d) Que provocándolos, procura el emisor, hacerlos participar en la constitución del conocimiento. e) El emisor del discurso, piensa que alguna modificación se va a producir en los receptores. f) El emisor sabe que los receptores no son pasivos. g) EL E. tiene conciencia de como, por no ser los Receptores pasivos, el emisor también está siendo provocado por ustedes (receptores), modifiándolo al emisor, a pesar de su posición privilegiada en la situación comunicativa, o situación de discurso, en que se hallan; Emisor y Receptores. h) En consecuencia, son interlocutores. i) Por lo implícito, el discurso dice más de lo manifestado.
El presente texto parte de un cuestionamiento que, en sus términos de mayor amplitud, reconoce un planteo de identidad y libertad; promovido por la intuición, observación y experiencias en la práctica de la opinión, cuyas contradicciones y complejidad, pueden sospechosas y problemáticas. acríticamente, y por lo general, nos sentimos generadores de nuestras ideas, ipiniones y conocimientos de los hechos y de las cosas. ¿Es fundado y legítimo-está legitimado- ese sentimiento?. Lo que pensamos y decimos ¿es producto de nuestra reflexión, de nuestro propio razonamiento?. En ese interrogante ¿Qué significa el término propio?. De la realidad, efectivamente, ¿tenemos conocimiento propio o ajeno? ¿Cómo se ha formado el conocimiento y la opinión que manifestamos y que se nos manifiesta? ¿En qué medida nuestro pensamiento, como práctica social, es nuestro, libre, condicionado o dirigido; generado por nosotros o simplemente repetido? ¿Somos originadores o repetidores, voces o ecos, creadores o plagiarios?. Aceptando como supuesto necesario el condicionamiento social ¿Cuáles son sus efectos?. Aceptando, además, el supuesto de la imbricación indisoluble de pensamiento y lenguaje, o pensamiento y discurso ¿Cómo opera el discurso social en la formación de nuestro pensamiento y de la imagen de la "realidad" en sus múltiples manifestaciones?
De esa problemática, la actividad investigativa deriva otros problemas: a) En primer lugar, el de la naturaleza del discurso. En su indagación nos encontramos con el hecho del accionar del hablar, o acción discursiva. b) En segundo lugar, el problema relativo a la naturaleza, condiciones y funciones dela acción discursiva. La denominación de este trabajo contiene implícita una hipótesis: La de la presencia de mecanismos que se postulan como estrategias del discruso. Este estudio consistirá en una exploración en el discurso con el propósito de conocer sus estrategias, de modo parcial y creciente. La sociologia del conocimiento ofrece ya conclusiones respecto de algunos aspectos del problema que nos ocupa.
En relación con el asunto de la propiedad de nuestro pensamiento, que involucra la de nuestro discurso, MANNHEIM sostiene lo siguiente: "Así como sería un error tratar de derivar un idioma de la observación de un solo individuo, que no habla de un idioma propiamente suyo, sino más bien el de sus contemporáneos y de sus predecesores que le han preparado el camino, del mismo modo es un error explicar la totalidad de un proceso refiriéndose únicamente a la génesis de este en la psique de un individuo. Sólo en un sentido muy limitado el individuo aislado crea él mismo la forma de discurrir y de pensar que le atribuimos. Habla el idioma de su grupo; piensa en la misma forma que su grupo. Halla a su disposición solamente determinadas palabras con su significado. Dichas palabras no sólo trazan en gran parte los caminos que habían de conducirlo al mundo que lo rodea, sino que muestran al mismo tiempo desde qué ángulo y en qué contextura de actividad los objetos han sido perceptibles y asequibles hasta ahora al grupo o al individuo".
De manera semejante, el discurso que emitimos reproduce aspectos de discursos ajenos, en su totalidad o en parte. El discurso que escuchamos procura INFORMARNOS algo acerca del mundo, por medio de imágenes particularmente elaboradas de los hechos y de las cosas; parciales, porque provienen de perspectivas selectivas y forzosamente limitadas o parcelarias. A la vez que procura influir en nosotros, haciéndonos saber, ser y hacer con determinadas intencionalidades y orientaciones.
Esas imágenes pretenden ser la "Realidad" misma, cuando sólo son "Construcciones" que la sustituyen. Esta relación de discurso y realidad la comprenden y conocen bien los creadores y estudiosos de la literatura, que es creación de imágenes del mundo por medio de la palabra, o del discurso; o creación de "Realidades" de palabras.
El "Constituir Realidales" con Palabras es operación específica del discurso literario, creador de su referente, que es el Lenguaje. Y no cabe prueba de verdad, porque el suyo es el mundo que el propio discurso crea.
El discurso "común" o "natural" (periodístico, político, propagandístico, coloquial, etc) suele proceder de manera semejante. Pero con la diferencia de que, en aquel caso, no hay modo ni necesidad de verificación o confrontación con la "realidad extra-discursiva", mientras que en este la realidad extradiscursiva puede convertirse en ficción por sortilegio de los procedimientos del discurso, cuando los signos sustituyen a las cosas y los hechos transfigurándolos, antes que indicándolos objetivamente. Por esto, el discurso común necesita ser sometido permanente y vigilantemente a la prueba de verdad.
Foucault va más allá de los fenómenos, de lo que se muestra, pero no lo anima el supuesto de que detrás de ellos reside una esencia, sino que descubre una estructura, un dispositivo discursivo, una práctica que es regulada por aquél y que trasciende las meras voluntades de quienes se encuentran implicados en aquella gran maquinaria simbólica. El sujeto, la subjetividad, es una resultante que actúa siempre en el sentido de los grandes ejes de gravedad de un discurso, pues resulta de las relaciones que se entraman en su seno. Pero estos sistemas están sujetos a un agotamiento, y allí es donde se produce la ruptura, la discontinuidad. Foucault piensa simultáneamente en la en la regularidad y en la discontinuidad. Puede decidirse que es un pensador de los pliegues sutiles de los discursos, de sus virajes inopinadas que la historiografía tradicional no puede advertir sino como “novedades” “rarezas” atribuibles al genio o a cualquier otra categoría metafísica.
Una de las nociones fundamentales introducidas por Foucault es de la discontinuidad que se opone a la visión tradicional de la historia como una acumulación lineal de sucesos, ordenada en dirección a un progreso creciente. La noción de discontinuidad es una noción clave para poder comprender, captar, cernir el conjunto de las mutaciones caprichosas de la historia, las cuales, no siguen el orden supuesto por el concepto clásico de historicidad, como si todas las cosas, los sujetos, los poderes, los hechos se vieran arrastrados por una corriente continua y homogénea. Los historiadores dice Foucault, siempre han atendido a los largos períodos, a los grandes sucesos políticos, y casi no han reparado en los pequeños hechos o bien no han considerado como un objeto digno de la investigación histórica a los lentos movimientos y desplazamientos de los discursos, los cuales aparecen cubiertos tras la gruesa capa de los hechos. Asimismo, han buscado las “grandes leyes”, han procurado aislar las “grandes constantes”, ya sea sociológicas, económicas, políticas, han insistido en la reconstrucción de encadenamientos, sucesiones, nexos, vínculos, buscando la “ley general” que los ordena. De este modo se han determinado ciertas “periodizaciones”, “unidades temporales”, secuencias de hechos, series que parecen responder a un conjunto de supuestos, a una cierta episteme, en cuyo nombre, el conjunto de rupturas, quiebres y accidentes han sido recogidos como meras singularidades o han sido atribuidas al genio, a la originalidad o a la novedad.
El concepto de discontinuidad es una herramienta que permite ingresar en la microhistoria de los discursos y de las prácticas que no aspiran a producir ni a desencadenar grandes sucesos, sino que transcurren más bien en el anonimato, en el silencio y que por lo mismo, suelen pasar inadvertidas.
En este punto tal vez, resuena una vecindad psicoanalítica, y bien podría aplicarse aquello que Lacan destaca como distintivo de la investigación freudiana cuando dice que el psicoanálisis no se funda en los hechos sino en los des-hechos. Es decir, en todo aquello que el discurso médico había desestimado por carecer de entidad científica. Del mismo modo, Foucault no repara en los “grandes hechos” de la historia sino más bien en lo que ha sido des-hechado por ésta, en los deshechos, en los restos. Así surge una historia de las sexualidad, una historia de los discursos, una historia de las clasificaciones, de los sistemas de pensamiento, una historia de las formas de vigilancia y de castigo, etc. Estas “historias” se hacen visibles e inteligibles gracias a la aplicación de ciertas herramientas que permiten constituir un “nuevo campo perceptivo” donde la historia ya no aparece como la sucesión de hechos lineales que se acumulan conforme a una sucesión crecientes, sino como un escenario multivariado, discontinuo, regulado por leyes, funcionamientos anónimos, procesos que no poseen finalidad alguna. Así, la historia no-teleológica, la historia sin finalidad trascendentes, no anula ni neutralizan las acciones que puedan emprenderse, en todo caso las hace más eficaces a partir de poner en juego el doble carácter de las prácticas discursivas, tanto en aquello en que sirven de vehículo como en aquello en que por su propio ejercicio restringen. (Tales han sido las miras puestas en formación de aquel grupo sobre la investigación de las prisiones. G.I.P, del cual Foucault había tomado partido). Así, la historia sin finalidades no viene tampoco a suspender las estrategias, los cálculos, las elecciones a favor de una inmovilidad, sino que permite circunscribir mejor el alcance de las prácticas. La historia sin finalidades resulta ser superadora del mito del progreso y de las nefastas consecuencias que se han provocado a partir de intervenir en sus mecanismos. El stalinismo, al que Foucault diagnostica como una de las enfermedades del poder, pretendió intervenir en la historia para desviar su “curso”en dirección a la liberación del proletariado, autorizándose para ello en los supuestos del materialismo histórico y dialéctico como programa teórico para la acción política. Los resultados obtenidos por esta experiencia muestran que no es posible intervenir en la historia e imponerle metas conscientes sin trastocar gravemente sus funcionamientos. La historia sin finalidad ni metas de progreso muestra al mismo tiempo que no es posible instaurar allí “sujetos” o “actores” conscientes que puedan conducir u orientar el “curso” de los hechos en alguna otra dirección diferente a la que ya está puesta en juego.
Por lo mismo, existen ciertos determinismos estructurales, que lejos de prescribir las acciones, encierran en sí mismos todas las posibilidades de su despliegue, si es que éstos son utilizados conforme a sus reglas de funcionamiento. Pues toda desviación ejercida sobre ellos retorna siempre bajo la forma de violencia.
Debemos destacar asimismo, que Foucault ha señalado una nueva dirección en las investigaciones históricas, y creemos que su verdadero impacto aún no ha sido suficientemente evaluado, pues, sirviéndonos de alguna elipsis heideggeriana, podemos decir que este impacto todavía transcurre, todavía fluye y aún no ha cesado. Por lo mismo, aún no es posible medir sus alcances. El mismo Foucault ha sugerido nuevas investigaciones históricas en algunas entrevistas o artículos; por ejemplo, la historia de los espacios y de los habitats como historias del poder, y asimismo un vasto número de investigaciones ulteriores que pueden emprenderse a partir de las herramientas desarrolladas en la Arqueología del Saber. Por ejemplo, podría extraerse de la República de Platón toda la historia de los dispositivos de vigilancia y control de la sociedad helénica del siglo V. a.c. Asimismo, podría emprenderse una historia de la literatura como “sistema de escritura y de lectura”, antes, que una mera historia de los estilos o de los géneros. Y del mismo modo, podría escribirse una arqueología del psicoanálisis, de su descubrimiento, sus desviaciones, su diferenciación respecto del saber psiquiátrico a partir de los funcionamientos discursivos, de las prácticas, de los saberes comprometidos, etc.
Las herramientas para tales construcciones se encuentran expuestas en la Arqueología del Saber, una verdadera anatomía fisiológica e histológica de los discursos y de las reglas de su formación.