domingo, 12 de julio de 2009

Michel Foucault - La nueva historia

Foucault va más allá de los fenómenos, de lo que se muestra, pero no lo anima el supuesto de que detrás de ellos reside una esencia, sino que descubre una estructura, un dispositivo discursivo, una práctica que es regulada por aquél y que trasciende las meras voluntades de quienes se encuentran implicados en aquella gran maquinaria simbólica. El sujeto, la subjetividad, es una resultante que actúa siempre en el sentido de los grandes ejes de gravedad de un discurso, pues resulta de las relaciones que se entraman en su seno. Pero estos sistemas están sujetos a un agotamiento, y allí es donde se produce la ruptura, la discontinuidad. Foucault piensa simultáneamente en la en la regularidad y en la discontinuidad. Puede decidirse que es un pensador de los pliegues sutiles de los discursos, de sus virajes inopinadas que la historiografía tradicional no puede advertir sino como “novedades” “rarezas” atribuibles al genio o a cualquier otra categoría metafísica.

Una de las nociones fundamentales introducidas por Foucault es de la discontinuidad que se opone a la visión tradicional de la historia como una acumulación lineal de sucesos, ordenada en dirección a un progreso creciente. La noción de discontinuidad es una noción clave para poder comprender, captar, cernir el conjunto de las mutaciones caprichosas de la historia, las cuales, no siguen el orden supuesto por el concepto clásico de historicidad, como si todas las cosas, los sujetos, los poderes, los hechos se vieran arrastrados por una corriente continua y homogénea. Los historiadores dice Foucault, siempre han atendido a los largos períodos, a los grandes sucesos políticos, y casi no han reparado en los pequeños hechos o bien no han considerado como un objeto digno de la investigación histórica a los lentos movimientos y desplazamientos de los discursos, los cuales aparecen cubiertos tras la gruesa capa de los hechos. Asimismo, han buscado las “grandes leyes”, han procurado aislar las “grandes constantes”, ya sea sociológicas, económicas, políticas, han insistido en la reconstrucción de encadenamientos, sucesiones, nexos, vínculos, buscando la “ley general” que los ordena. De este modo se han determinado ciertas “periodizaciones”, “unidades temporales”, secuencias de hechos, series que parecen responder a un conjunto de supuestos, a una cierta episteme, en cuyo nombre, el conjunto de rupturas, quiebres y accidentes han sido recogidos como meras singularidades o han sido atribuidas al genio, a la originalidad o a la novedad.

El concepto de discontinuidad es una herramienta que permite ingresar en la microhistoria de los discursos y de las prácticas que no aspiran a producir ni a desencadenar grandes sucesos, sino que transcurren más bien en el anonimato, en el silencio y que por lo mismo, suelen pasar inadvertidas.

En este punto tal vez, resuena una vecindad psicoanalítica, y bien podría aplicarse aquello que Lacan destaca como distintivo de la investigación freudiana cuando dice que el psicoanálisis no se funda en los hechos sino en los des-hechos. Es decir, en todo aquello que el discurso médico había desestimado por carecer de entidad científica. Del mismo modo, Foucault no repara en los “grandes hechos” de la historia sino más bien en lo que ha sido des-hechado por ésta, en los deshechos, en los restos. Así surge una historia de las sexualidad, una historia de los discursos, una historia de las clasificaciones, de los sistemas de pensamiento, una historia de las formas de vigilancia y de castigo, etc. Estas “historias” se hacen visibles e inteligibles gracias a la aplicación de ciertas herramientas que permiten constituir un “nuevo campo perceptivo” donde la historia ya no aparece como la sucesión de hechos lineales que se acumulan conforme a una sucesión crecientes, sino como un escenario multivariado, discontinuo, regulado por leyes, funcionamientos anónimos, procesos que no poseen finalidad alguna. Así, la historia no-teleológica, la historia sin finalidad trascendentes, no anula ni neutralizan las acciones que puedan emprenderse, en todo caso las hace más eficaces a partir de poner en juego el doble carácter de las prácticas discursivas, tanto en aquello en que sirven de vehículo como en aquello en que por su propio ejercicio restringen. (Tales han sido las miras puestas en formación de aquel grupo sobre la investigación de las prisiones. G.I.P, del cual Foucault había tomado partido). Así, la historia sin finalidades no viene tampoco a suspender las estrategias, los cálculos, las elecciones a favor de una inmovilidad, sino que permite circunscribir mejor el alcance de las prácticas. La historia sin finalidades resulta ser superadora del mito del progreso y de las nefastas consecuencias que se han provocado a partir de intervenir en sus mecanismos. El stalinismo, al que Foucault diagnostica como una de las enfermedades del poder, pretendió intervenir en la historia para desviar su “curso”en dirección a la liberación del proletariado, autorizándose para ello en los supuestos del materialismo histórico y dialéctico como programa teórico para la acción política. Los resultados obtenidos por esta experiencia muestran que no es posible intervenir en la historia e imponerle metas conscientes sin trastocar gravemente sus funcionamientos. La historia sin finalidad ni metas de progreso muestra al mismo tiempo que no es posible instaurar allí “sujetos” o “actores” conscientes que puedan conducir u orientar el “curso” de los hechos en alguna otra dirección diferente a la que ya está puesta en juego.

Por lo mismo, existen ciertos determinismos estructurales, que lejos de prescribir las acciones, encierran en sí mismos todas las posibilidades de su despliegue, si es que éstos son utilizados conforme a sus reglas de funcionamiento. Pues toda desviación ejercida sobre ellos retorna siempre bajo la forma de violencia.

Debemos destacar asimismo, que Foucault ha señalado una nueva dirección en las investigaciones históricas, y creemos que su verdadero impacto aún no ha sido suficientemente evaluado, pues, sirviéndonos de alguna elipsis heideggeriana, podemos decir que este impacto todavía transcurre, todavía fluye y aún no ha cesado. Por lo mismo, aún no es posible medir sus alcances. El mismo Foucault ha sugerido nuevas investigaciones históricas en algunas entrevistas o artículos; por ejemplo, la historia de los espacios y de los habitats como historias del poder, y asimismo un vasto número de investigaciones ulteriores que pueden emprenderse a partir de las herramientas desarrolladas en la Arqueología del Saber. Por ejemplo, podría extraerse de la República de Platón toda la historia de los dispositivos de vigilancia y control de la sociedad helénica del siglo V. a.c. Asimismo, podría emprenderse una historia de la literatura como “sistema de escritura y de lectura”, antes, que una mera historia de los estilos o de los géneros. Y del mismo modo, podría escribirse una arqueología del psicoanálisis, de su descubrimiento, sus desviaciones, su diferenciación respecto del saber psiquiátrico a partir de los funcionamientos discursivos, de las prácticas, de los saberes comprometidos, etc.

Las herramientas para tales construcciones se encuentran expuestas en la Arqueología del Saber, una verdadera anatomía fisiológica e histológica de los discursos y de las reglas de su formación.



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